martedì 30 aprile 2024

Oda a Cervantes (con un guiño a sus seguidores)

¿Has sido tú quien ha tenido desvelados frente a los naipes, a los señores Quevedo, de Vega y Garcilaso, como tú, también ellos de laurel provistas las sienes, bajo la sombra ilustre del Parnaso?

Brilla tu nombre, Saavedra, junto al fogón. ¿Has sido tú quien ha tejido el camino hacia la brillante Orión?
Semejante a aquel dios pagano, que al ser precipitado del vasto éter perdió la facultad de caminar erguido, y estando igualmente tullido, fabricó las armas del eácida decretando el final de Ilión;
de igual modo tú, enjuto, pálido y torcido, que aunque en Lepanto dejaste el amuleto de tu mano, no te fue privado el don de escribir con la otra, la memorable escena de los molinos y del famoso yelmo de Mambrino.
Más que dientes llevas en la boca rosas y escribes, más por dolor febril que por fatigoso llanto, del dolor que a los hijos de Adán la fortuna priva y mofa: el Diablo, sin cesar, los azota, martillea y despoja.
¿Has sido tú quien ha robado la lira, a aquel mozo capitán troyano, para dársela a tu jinete, viejo y poco manso, apellidado caballero de la triste figura, llamado también Quijano? Hallaron su par bien por ti moldeado en amatista, dando saña y paz, risa y llanto, aunque apaleado, molido y quebrado, eligiendo la manera del Quijote, antes que la de Amadís y Orlando, sazonándolos con una pizca del Carrasco, Sancho y el Cura, del crío del mozo y del anciano. Vimos, así, surgir entre las páginas (me urgen puras) tanto el alma de D’Artagnan como la de Cyrano.
¿No alzan el vaso y te recuerdan también los pajes y siervos, con pan dulce y regaliz, a la luz de una vela de cebo y delante de un guiso de perdiz? ¿No se reúnen a bailar meneando una copa, brindando a tu salud, Sancho, Mostón y Grimaud?

sabato 21 agosto 2021

Pintor de cuadros

¿Es cierto, decís, que con esta crema grasa,
con sus plumas de seda y sus gotas argentinas,
haréis una figura viviente?


Si con la estrella que os besa y sus flamas
Lograréis un honor alto y recrearéis el mismo beso;
Al pintar, os meceis tanto como las gemas que sobre el mar destilan;
hazme el favor tú que las pintas, ejerce sobre ellas el
imperio que en la tierra rehacen los lotos y, sobre la llama,
sea mejor sobre ti el amor de aquel que con deseo la espera.

No dejéis de pintar su alma, no dejéis que os quede, como azúcar,
ésta, en el fondo del vaso; reináis sin poder, hambre, desvelos, cansancio,
reináis sin corona y me colocáis grilletes sin cadenas ni candados.

¡Oh, bermejo, cobalto, zafiro de garanza!
¿Es de vosotros la voz que oigo?

Bien habéis hecho a tomar maestros entre los difuntos:
Si en Velázquez os reflejáis y en Sorolla vuestro pie encuentra estrada,
Si os ha engañado una pintura de Sargent confundiéndola con una ventana:
Cuánto es tu olor, oh pintura, que sólo si os abrazan con violencia
Y, como a Tetis, de una embestida os llenan de Aquiles, dáis
La gloria inmortal;

“¡Oh, Aquiles, Troya aguarda por vos para que la destruyáis!”
¡he allí vuestras puertas Esceas: un caballete de madera!
¡Que no sea el dibujo la debilidad mórbida en tu talón, caro aprendiz!
Me emociona ver en la tela la gruesa capa de tu color,
¡Hacéis latir mi corazón con tu arte, un desbordante deseo, sois vos un Pigmalión flaco de los colores! Juraría que está viva esta donna y que sus ojos de grasa son realmente azules y cargados de un espíritu potente!

¿No sentís lo mismo, vos, pintor que pintáis, cuando véis
la tez blanca de una mujer joven, o la curva flor de una madura?


21 de agosto del 2015.

lunedì 10 dicembre 2018

Cosas de casa

Estás pintando las paredes de tu hogar. Entre los instrumentos, tienes un balde con agua donde metes las brochas llenas de pintura blanca, esta pintura se diluye y el contenido líquido, gracias a la saturación del pigmento, llega a parecer una leche espumosa y opaca que te permite sólo apreciar su superficie, por ende, cualquier cosa que esté en el fondo, está escondida a tus ojos. 
Mientras trabajas, de vez en cuando limpias las gotas de pintura que caen en el suelo con un paño húmedo, siguiendo un viejo concejo de tu abuela. Luego, metes el trapo en el agua y lo sacas de allí cada vez que lo necesitas.
Problema número 1:
El agua del balde, en general, la botas en el WC. La pintura no es tóxica, has pagado un montón por ella y ésta es una de las características especiales que tiene el producto.
Problema número 2:
Al terminar el trabajo, lavas las brochas en dicha agua, quitas el exceso de pintura de sus cerdas, las separas de lo demás y te diriges a botar el agua en el WC. Entonces, por un segundo, olvidas que el agua tiene dentro un trapo. Esto lo adviertes una fracción de segundo antes de que el paño caiga dentro y desaparezca entre las cañerías y bloquee todo, pero el agua viaja demasiado rápido, gracias a la gravedad y a otras fuerzas físicas que actúan allí, y ves delante de tus ojos cómo el trapo salta de entre la leche y cae sonoramente en el WC y la saturación del pigmento en el agua no te deja ver si está o no está en el fondo del sanitario.
Problema número 3 (que yo llamo "el paradigma del trapo de Schrödinger"):
En un impulso desesperado que dura la fracción de una fracción de segundo, imaginas las consecuencias y que tal estúpida acción te costará una llamada a un plomero, tiempo y dinero botado y grandes incomodidades; entonces piensas que la solución podría ser meter la mano en el WC y sacar el trapo antes de que éste desaparezca y, en otra fracción de fracción de segundo, evalúas otras opciones que se te presentan.
La primera es que la probabilidad de que el trapo esté escondido entre la leche, allí, en el WC, aunque no puedas verlo, es del 50%; por lo cual, meter la mano es justo y te ahorrará una serie de malestares, sin embargo, debes ser veloz para ser efectivo y, por ningún motivo, debes tirar la cadena hasta haberlo sacado.
La segunda probabilidad sería que el trapo no esté allí, que se haya ido por la cañería como un mensajero funesto de la fatalidad; por lo cual, meter la mano resultará un gesto inútil y una pérdida de tiempo, la exposición a un concepto muy desagradable y a un recuerdo aún peor. 
Prefieres arriesgarte y tu mano se mueve velozmente. Entonces comprendes mejor la paradoja de Schrödinger y todo esto sucede en tu mente en una fracción de tiempo que sería la mitad de la mitad de un parpadeo, y recuerdas que a menos que a ti mismo pruebes lo contrario, el trapo está allí y no está allí al mismo tiempo.

venerdì 24 agosto 2018

Las hojas de los robles

Una serie de coincidencias llevaron el destino de las hojas de un roble a bañarse en una línea de agua, el agua se llevó las hojas y las arrojó en una corriente. He aquí que encontramos las hojas a un millón de kilómetros de donde crecieron, lejos del tronco que las vio nacer.

En el viaje, arrastradas por la espuma, vieron pasar latas de frijoles vacías, pasaron por debajo de negras y desvencijadas mesas al pie de la corriente abandonadas allí por un ciudadano irresponsable. Vieron salir una niñita corriendo de los brazos de su madre, también aves y lluvia caer como serpentina de carnaval.  ¡Ah! De tanto viajar, las hojas se cansaron y a veces desearon quedarse inmóviles, como lo hacen las barcas en altamar, cuando encallan y las violáceas aguas se abaten sobre sus quillas.

Recuerdo cuándo se me ocurrió viajar a Italia, recuerdo el suceso que me llevó a pensarlo, a creerlo posible. Entonces, los venezolanos no eran protagonistas de un éxodo y el viajar de nuestro país, de irnos, con todos los problemas que podían tener nuestras ciudades, era casi una locura. Todo comenzó con un libro, un libro negro, el sexto de una colección sobre Historia del Arte que encontré en la biblioteca Víctor Zsajka de la escuela de artes plásticas Julio Árraga. Era un libro sobre Renacimiento Italiano; ya había visto algunas fotografías sobre el Juicio Universal de Michelangelo en la cátedra de pintura, con Jesús Pérez, un grandísimo profesor que hizo de todo para ayudarnos, con su modo bohemio pero perfecto para lo que entonces éramos. Como me gustó el arte italiana, que vi también en la materia de Historia del Arte con la profesora Merary García, mi proyecto para el segundo año de la cátedra de Pintura lo basé en un estudio sobre el Renacimiento toscano. Pinté unos atletas luchando que recorté y pegué encima de otra foto que retrataba un chiostro italiano y que había visto en una revista de National Geografic. El profesor de pintura nos pidió hacer las composiciones basándonos en recortes de revistas, nos hacía investigar sobre pintores antiguos o contemporáneos y así poder basar nuestro trabajo en ellos. Yo entonces pensaba que esto era una limitación a la imaginación de cada uno de nosotros, lo más probable es (y ahora estoy seguro de ello) que yo sobrevaloraba nuestras capacidades, pero el profesor no escuchaba razones y hacía sólo lo que él decidía. Claro, siendo un gran pintor, desde mi punto de vista, no es que uno podía rebelársele. Y desde siempre he sido uno que no está muy de acuerdo con el juego de las imposiciones.

Desde aquel tiempo, para mí ha pasado una eternidad. En Maracaibo tuve otros magníficos profesores que me ayudaron como amigos y hermanos mayores, que me donaron tiempo y paciencia, que me escucharon y sostuvieron en esa primera juventud, a quienes debo mucho por lo que son y lo que fueron. Tengo ya nueve años sin verles, pero aunque muy poco escribo y jamás les he mandado una postal, ha sido porque siempre he pensado que merecen mucho más y, debido a mi carácter subterráneo, he querido reconocerles por lo que valen. Hasta ahora no he podido hacerlo, sin embargo, espero en Dios poder lograrlo, al menos en la mitad de lo que ellos hicieron por mí. Es de dominio popular (y esto es necesario decirlo) que la bondad, la fe y los valores, una vez recibidos, nunca podrán devolverse, nunca se podrá "pagar" un acto hecho en buena fe, con otro acto hecho en buena fe. En otras palabras, considero que somos deudores de una buena moral que hemos recibido de otras personas. Yo he tratado de devolver el favor, sin poder pagarlo, todas las veces que se me ha prestado la ocasión y ha estado dentro de mis posibilidades. Aunque no he podido agradecerlo como es debido a los agentes originales.

No diré sus nombres, pero los tales ya se saben aludidos.

martedì 18 giugno 2013

Versos a la nada



Amontandos y de rodillas
pedían con sus manos mugrosas,
quesos, verduras
o frijoles, cualquier cosa.

Les habían dicho que
bajo el sol jamás tendrían
hambre; la flor
del bien llovería
si el voto, un don
de amor, regalaban
al maestre sala,
quien dice ser un hombre galante.

Revolución, palabra bella
es, amiga de las ideas;

el poder cuando entra
en conflicto o se besa
sexualmente con
quien lo ejerce, deja
y envía a putas
todas las bellas promesas.

Dudas se encienden, propaganda
promete, asegura, jura
sobre la tumba de sus padres,
jura por el pelo de la barba, como antaño
juraban los señores.

Propaganda ríe, no inspira
como la Musa antigua,
no revela los versos al que canta.

Aquel morboso político,
un jugoso pastel corta,
las cerezas dulces rojas
se colan sobre la tarta;
encima le meten la pumarosa
y el paladar goza del lujo.

Esto, después del pavo,
de las horneadas papas, con tomillo,
rosmarino, con aceto balsámico
han dibujado en los platos
que en un rato finirán en
la bandeja de jabón.

Sí, por fortuna han ganado
y rojas como las pasas
se han teñido las calles.

La sociedad estúpida celebra
pertenecer a algo, haber ganado,
como en el fútbol, beisból, poker:
vicios populares, deportes
que son religiones de tarados.

Perseguidos unos, persiguiendo otros,
no entendimos nada
mientras en el barrio arriba
los muertos los puso
la carencia general.

lunedì 3 giugno 2013

Al sonno


Il tempo spera colei, che incarna la bruna notte,
quella notte dove il Signor a Giacobbe fece fare, 
tra agnelli impazziti, contare gli animali suoi dal mezzo della gregge, 
stipendio era del lavor e delle sue fatiche: 
macchiati le sceglie, separati per se grazie alla promessa ricevuta, 
tra quelli agnelli eletti da Labano. 

Dicono in Egitto che questo affare, 
in tutto il mondo oggi ancora si realizza, prima di andare a nanna, come un gioco;
gli agnelli si contano, prima di chiudere gli occhi al mondo,
prima di dormire per chiamare, con questi canti matematici,
al sonno. 

sabato 18 maggio 2013

García Lorca

Las rosas, a tiros, le abrieron heridas por doquier.
Muerto cayó de la metralla, cuán dulce y loco, Federico.

Cada beso que daba era como una hormiga nueva que escapa
y que a carcajadas la miel acumula.

Federico escribía con duende, y recitaba mejor que palomas:
Cagaba sobre todas las estatuas.


lunedì 29 aprile 2013

Altas estepas del rostro, o bien, il barbone


Bajo un puente vivía, entorno al puente de Milvio,
lleno de picadas de zancudos, y pulgas de toda clase.
Reinaba entre sus canes, besando las barbas de Neptuno,
Dime, rey de gusanos, ¿cuántas veces paseaste a la reina Mab,
en tu consorte volante de mosquitos africanos?

Hacía buenos dibujos, tenía mano de roble.
Le pesaban los dedos como cabras en torno al Coliseo.

Eran días negros, los 72, donde un poeta
loco, morto di fame, con el martillo hizo caricias
a la madre de Cristo.

Vivía allí, olvidado de todas las clases.
Cuando quería amores, los procuraba a las señoras
que junto al Tevere vivían, esposas de abogados y giornalistas.

Mujeres, que en vulgar romano llaman “ le porche”,
y que significaban la idea popular, aquella del sol,
que sale para los buenos y para los malos.

Reinaba como podía aquel hombre, sin criticar a sus siervos ni
vasallos. Con la lengua le mojaban las manos, moviendo la cola
sin decir una palabra, sólo ladridos, sólo ladridos.

Un día se fue a dormir y alguno, un tipo, todo pelado y de camiseta verde,
viéndole tranquilo fumarse un cigarro en verano
fue allí con gasolina, repitiéndose palabras “nobles”
y de su carne hizo una luz roja que se fundió en gritos
tristes y ciegos, y tantos otros ladridos.

Rascacielos, rascacielos, arranca suelos


Alzándose aquella loca, mujer como se sabe de 91 años de edad, entre las barbas de los prelados que asistieron a su funeral sin invitarla, dijo como si nada: “Vengan a mi solar, que os he preparado una cena”. Aquellos hombrecillos vestidos de negro se acercaron como elevados, parecidos en mucho a huevos fritos por sus calvas amarillas.

“No hemos querido ofenderla” dijeron a coro, y se remojaron los talones en jugo de salvia. La hipocresía  dejó verse como sangre a borbotones: Excusatio non petita, accusatio manifesta.

La señora,  sonrió con su sonrisa de Picasso, y les dió un plato a cada uno: clavos y panceta frita, y sin sentir pena religiosa declaró: “Al dios de vosotros, no he creído jamás”, y se metió en el bolsillo de la bata una foto de Fabrizio De Andrè.

sabato 9 febbraio 2013

Algunas quejas sobre el servicio gratuito de Safecreative


Muchos de vosotros habréis sentido en un momento que vuestra privacidad ha sido manoseada. Sobre todo, en este mundo virtual que es internet.

Hace más o menos dos años leí en un blog (http://www.ajgonzalez-escritor.com) algunos concejos para escritores nóveles, como yo. Me parecieron buenos; ya sabéis, los asuntos sobre publicaciones en papel, el mundo editorial y todo eso. Los registros de las obras online, etc.

El autor del blog aconsejó registrar legalmente los trabajos en la página Safecreative, donde se podía hacer de manera gratuita desde cualquier parte del mundo. Me registré en el servicio pasados algunos meses desde que leí la info, y pensaba que todo estaba marchando bien. Registré incluso sin haber terminado el trabajo, sólo por seguridad, y me dieron el código 1202021016704. 

Hace apenas una hora, sábado 9 de febrero, digité por curiosidad el nombre de mi trabajo: La Nocturna Deidad, y lo primero que vi fue un video con el mismo nombre. El video, datado algunos días después de mi registro en Safecreative, me hizo algún eco en el cerebro, así que seguí buscando, y, efectivamente, mi trabajo aparecía en las búsquedas de Google, e incluso descargable:

La Nocturna Deidad y los Nacidos de Bronce.

Inicié ese trabajo en el 2003, y tengo papeles y cientos de auto-e-mails que abarcan años de cambios en el texto original, y un registro en Venezuela.

Mi molestia radica básicamente en que, al abrir mi cuenta en Safecreative, indiqué que dicho trabajo no debía ser visible, ni descargable. Lo indiqué y me aseguré de no haberme equivocado, y el trabajo se cargó en la página sin ninguna novedad, bajo tales parámetros.

Tenía una preocupación menos.

Pero no hubo ningún problema cuando, hace algunos momentos, visible mi trabajo en una de las ventanas del sitio, clickee en el pulsante habilitado “descargar”, y apareció la ventana en mi ordenador que indicaba el proceso, y luego apareció el PDF en mi escritorio.

Me siento verdaderamente molesto con la gente de www.safecreative.org/, espero que la duda os embargue al momento en que deseéis salvar alguna de vuestras obras en dicha página, si buscáis privacidad y seguridad.

Ya he eliminado mi cuenta, y he enviado una e-mail al staff, que seguro no será respondida, como sucede en estos casos.

mercoledì 23 gennaio 2013

La puñalada

 



           M
ás o menos entre las tres y las cuatro de la tarde, en la calle que separa el Hospital de los Locos y el jardín de infancia Madre Soledad de Asturias, Josefa de Luz Caballos se encontró con su amante francés.

Estaban cansados de esconderse.

Cansados, como se cansa la olla cuyo líquido rítimicamente ebulle demasiado tiempo sobre la ornilla. Luminoso se presentó a mi vista tan frondoso encuentro, también apresurado; apenas se intercambiaron un beso en la mejillas, sin siquiera golpearse con las miradas de un próximo y cómplice contacto. Y ni media palabra voló cuando se rozaron el uno al otro, pues ya por medio de las más originales cartas todo había sido acordado.

Cartas que ellos ni siquiera habían escrito.

Sus abrigos color aceituna toscana pasaron proyectando negras sombras veloces mientras se escabullían de los ojos incautos, entre las calles y callejones, a paso de rueca voladora que teje demasiado rápido. Era aquel un barrio obrero que tenía el encanto de una casa pequeña en el centro de Madrid. Me refiero a esa característica visible y habitual de los cuchitriles que alquilan los estudiantes, donde por poco la cocina y la sala vienen a ser la misma cosa, la ventana del recibo mira hacia la alcoba principal, y desde el tragaluz de la pared, si uno salta no demasiado fuerte como para dar una cabezazo contra el techo, puede ver las ventanas del edificio de al lado.

           He dicho ya que frente al Hospital de los Locos, hay un jardín de niños, y justo detrás se doran muebles y antiguedades, y, a cien metros, el suburbio ostenta su mejor barbería.

Desde la ventana donde envían a los internados deshauciados, como yo, reconocí aquella cabellera espesa de Josefa, pero fue su paso esbelto y musical quienes me confirmaron dicho alegato. 

¡Cómo olvidarla!


Era toda fresas en la cama; pasionalmente sucia, como aquello que sucede en un vaso mediano de leche donde se revuelve un puñado de ciruelas pasas, cuyo dulzor exhala un ligerísimo tinte sepia y la inmaculada y láctea blancura que las contiene deja de ser para siempre blanca.

Pintaba, sí, copiaba a Lempicka, y, como ella, su amor lésbico practicaba con frenesí salvaje. Su esposo, un tal sevillano poco discreto, de olor a jengibre y bigote daliniano, sabía; él sabía que Josefa se revolcaba con la señora de al lado. La muchacha del apartamento de enfrente, no por casualidad y poco más seguido que “de vez en cuándo”, le pedía concejos estéticos para la casa de su madre.

-¿Pero cuándo coño terminarán esa maldita casa, mujer? Deberías ir tú misma y cambiarles las cortinas o lo que sea... 
-No te preocupes, que creo que hoy terminamos con la salita de estar y era lo único que faltaba.

Después de la tormenta de “concejos”, subía las escaleras, abría la puerta de madera y corcho sin decir esta boca es mía. Tenía la costumbre de retrasar la ducha hasta entrada la noche, y los perfumes del amor de las ninfas, esos grasos líquidos ya secos que por accidente o no, la habían chisporroteado, volaban desde el sofá hasta la silla de madera donde su marido se divertía los martes a las ocho escuchando en la radio su programa de concursos.

Cuando tal aroma llegaba a su nariz, Marco se afilaba el bigote y subía el volúmen.

Con todo, le había prohibido tajantemente ver a cualquier otro hombre. Ella, en cambio, prometiendo terribles venganzas, escupiendo palabrotas y amenazas, juraba que si él se acostaba con otra, nunca más volvería a verla. Esto es lo que ella decía, pero de la boca para afuera, y él no lo ignoraba. El jueguito de “yo sé que tú sabes, que yo sé”, lo practicaba con los ojos contradiciéndose con los labios.

Marco, no era una pobre víctima. Aquí ninguno es víctima del otro; él también tenía tantas amantes como pecas en la espalda, pero esto a nosotros no nos importa.

Josefa, pues, se encontró con su amante con la misma fuerza y placer que gusta la bala cuando descubre la tierna carne de un pecho abierto.

De la mano, y luego de juguetear y toquetearse bajo el imperio de eso que llaman “beso francés”, propinado por un personaje del mismo gentilicio, al ingreso del viejo palacio y sin que nadie los viera, pulsaron el botón del ascensor.

Era la hora exacta, el cielo otoñal de un gris perlado se arremolineaba en despeinados jirones. Josefa lo llevó al quinto piso del apartamento que hace ángulo con la avenida llamada Borrosa, entre la 15 y la 16. Porque allí vivía nada más y nada menos que Pedro Augusto Casas, el pintor. No es por chismear, pero de esa historiela entre ambos se habló durante no poco tiempo en la Academia de Bellas Artes.

No, le pidió también matrimonio.

No, eso fue antes de cometer ese disparate que fue su boda.

Pedro Augusto Casas, como estaba enamorado de ella, le había dado la llave del piso a todo riesgo. “Pues si un día escapas de ese sevillano de mierda, bajo mi techo encuentres reposo”, repetía cada vez que la veía, como un vendedor de cigarros que ofrece su mercancía durante la pausa del almuerzo de una fábrica mixta, donde se elaboran manecillas para puertas de baño.

El olor de los colores abiertos, los pomos, las espátulas que poco antes habían acuchillado una tela borrascosa y esbelta en un caballete de cedro, los aceites amarillos, las lacas, las botellas de grasientos óleos y barnices, le hacían encontrar ese no sé qué necesario para cometer sus anhelados adulterios.

El francés, amigo además de un pintor napolitano de apellido Mancini, o Mancino, o Mencillo, algo así, la había embaucado en una serie de cuentos maravillosos sobre glorias de pintores y vanguardias, novelas orales de esas que se usan para encantar y aplacar un público de choferes mal pagados. No lo habría hecho mejor un juglar árabe, con todo y su turbante de seda.

No me están simpáticos estos artistas de ciudad.

           Creo que Josefa, entre los quince y veintitrés años, pensaba exactamente igual que yo. Su madre no la quiso dejar estudiar leyes, aunque no sé si hubiese podido de todos modos enrolarse en la facultad de derecho. Gracias a la mala fortuna, que a nadie deja sin morder, el azar hizo su jugada también en este caso, tirándole desnuda en ese jardín de amargas flores que es el arte.

Y el destino sacó la carta donde decía que ella funcionaba mejor como pintora.

Se dio cuenta que le gustaban las mujeres a eso de los veinticinco, y ya desde los venticuatro curioseaba desde la ventana, negándose a sí misma, a la vecina del tercer piso.

           La puerta se cerró detrás de ellos, y luego de asegurarse que no había nadie, Josefa y su amante francés se abandonaron al más escandaloso hedonismo, justo cuando un trueno marcó el inició del húmedo y sonoro llanto de las nubes.

            Los ojos de Josefa miraban en doloroso éxtasis perdidos puntos fijos; sus ojos negros como carbones apagados registraban el vaivén de las cosas porque como el vaivén del mar que se estrella contra los acantilados de la costa, su cuerpo danzaba y lo hacían danzar. El francés se lo tomó con filosofía. El espejo frente a ellos, el mismo espejo que Pedro Augusto Casas usaba para juzgar sus cuadros más grandes, sirvió la reflexión de sus espasmos, de los empujones de martillos hidráulicos que le recordaban la veracidad de la máxima teológica del tercer cielo; el cuadrado y rebruñido espejo lleno de crostas de color les ofreció en bandeja de plata dos figuras humanas descompuestas en formas y movimientos anormales, incluso para ellos mismos, protagonistas.
Es ésta una actividad tan antigua como las pirámides de Egipto, y fue así, de la misma manera, que Peleo y Tetis fabricaron al asesino del priamida Héctor.
Dejemos a estos amantes jugar al póker, y veamos un poco cómo es que llegaron a conocerse.


              3 de junio, bar de la Rocola Borracha.

             Aunque Marco no lo sabía, Josefa de Luz Caballos iba a beber regaliz todos los jueves desde las dos hasta las seis y cuarenta y cinco de la tarde, en un hueco que está al final de la avenida Roberto Marabares. Por allí, en alguna parte, Saint-Exupéry venía diciendo, a través de uno de sus famosos personajes, que para domesticar a alguien es necesario recurrir a los rituales y ser puntual en las horas provocando que el corazón se vista y bla, bla, bla. Casualmente, y para que el voyeur que lee esta apresurada historia sienta un cosquilleo de risa, o de vértigo, el francés que está fornicando con la esposa de Marco en el párrafo más espeso que se encuentra antes de éste, el mismo que posó varias veces para Sargent y para Mancini, o Mancillo, o como sea, leía ese jueves 3 de junio, a las cinco y quince, con la piernas cruzadas, un ejemplar de bolsillo de Le Petit Prince.

               Poseeía dos enormes ojos verdes, engarzados en la piel quemada de un arquitecto que ejerce su carrera. Cabello negro azabache. No tan alto, pero ni tan bajo. Vestía una franela a rayas negras como las que usa Picasso en las estampas, porque hacía calor gracias a esas tormentas o aires, o lo que sea que viene de África, que provoca en verano días vaporosos y trae oleadas de zancudos a fastidiar sobre todo en las noches.
Malditos zancudos.

               Bien, ahora que lo pienso, no sé quién domesticó a quién; y si me lo hubiesen dicho, no lo habría creído. Pues Josefa coqueteaba casi siempre con el barista, y con un mozo una vez, con otro la próxima, y así sucesivamente. Desde mi taburete, habría jurado que ella era una de esas ninfómanas  que se beben la sangre de los hombres en copas de tallo largo.

               Aunque Josefa no era una mujer que se hacía faltar las experiencias, esta  vez su objetivo era otro, pues al final de la pequeña y atropellada avenida por donde los mesoneros llevaban sus bebidas al ejército de abogados, limpiabotas, dramaturgos, fiscales, contrabandistas, policías y ladrones, que todos y pacíficamente iban a sentarse en esas mesitas redondas, mal cortadas y bambaleantes, se ubicaba puntualmente nuestro francés lector, que, erró, a diferencia de Guillermo Tell, la manzana que ella, curiosa, sostenía en la mollera; clavando la dorada flecha mucho más abajo de su ombligo, blanco donde, en cambio, acostumbra acertar Eros y Vénere.

             Démosle un nombre.

             Démosle un nombre a este francés, porque cuando iniciamos a referirnos a Saint-Exupéry, me sentí en el deber de garabatear algo que identifique al maldito.  Yo no supe cómo se llamaba, pues nunca me estuvo simpático, por lo cual, jamás nos presentamos y nadie se atriuyó tal libertad. Él se hacía llamar señor, porque no lo era. Se comportaba como burgués, precísamente porque no lo era. El único accesorio evidente que no pretendía desmentirlo y acusarlo de falso, era aquel que representaba ese bendito e irrefrenable librito azul.
Josefa, en cambio, tenía esas manos rosadas de tejedora, esa sonrisa de catadora de fresas que atraía a todos; también creo que fue “Pier” -he dicho que deberíamos darle un nombre, y desgraciadamente no se me ocurrió alguno menos francés- quien dio el primer paso en la fácil tarea de reducir las distancias entre ambos. No creo que yo, si hubiese estado presente, habría podido soportar que el susodicho la tocase, como la tocó, seduciente, carnal y vulgarmente.

          Josefa, con su boca de rosa y su cabello espeso, le siguió el juego. Y el jueves siguiente, y el siguiente.

          Quizás Marco se dio cuenta, o se hizo venir los nervios de traidor celoso, porque un día apareció en el bar un hombre vistiendo un gabán de esos caros, de tela buena, y bajo la negrura de un sombrerito muy ridículo, me parece haber visto el bigote de media luna del sevillano como dos garfios de acero. No estoy exagerando, no. Preguntó y todo al barista si la había visto (seguro alguien le sopló las actividades de su mujer, pero no coincidió al decirle el día correcto en que ella salía de parranda). Beh, no creo que el barista fuese un hombre tan imbécil como para delatar sus coqueteos con la Josefa, auto-prohibiéndose un amplexo futuro.

Recordemos que el concepto coqueteo es una promesa de coito.

           Me parece haber leído en alguna parte, creo que en Dumas, eso de que llamar a la muerte a puñaladas es algo típicamente español. Y aunque dudo que el barista, que era un bonachón, haya leído a Dumas, pienso que la vida sí habrá escudriñado, y, el puñal del esposo de Josefa, refulgente en su mano cerrada, también.

           Un jueves, Pier le mandó con él un libro. Dentro, una frase repasada con un creyón de cera roja se hizo notar a gritos. Josefa tuvo que leer todo el libro para encontrarle sentido. Ella, dos semanas después, le mandó nada más y nada menos que Madame Bovary, donde subrayó otra frase. Pier conocía el libro, así que no tuvo que leerlo todo. 

            Así, a través de aquella avenida donde los mesoneros, como caballos, corrían con las bandejas llenas de jarras de cervezas, donde se armaban las canciones, donde los distintos alcoholes tallaban la historia de esos personajes heterogéneos del mundo español de primera mitad del 900; allí, donde iban a relajarse en medio de una cortina de humo de cigarrillos, y donde las artes y las ciencias produjeron sus mejores hombres: un bar sucio y maloliente, de piso de tablas podridas en la superficie, ventanas de cortinas mugrosas, manos igualmente mugrosas habían girado las perillas de las puertas de entrada; allí, donde Satanás fue a cagar a sus Judas, por ese pasillito estrecho y resbaloso, el amante francés y Josefa se intercambiaron a Dickens, Homero, Hugo, a Poe, Flaubert, Lope de Vega... allí las ideas de los autores sacros y profanos refulgieron como la armadura de Amadís; subrayado navegó también Dante, Bocaccio, Trilussa, traducido malísimo, naturalmente.

El bonachón mesonero aún viendo todo, no dejaba de coquetear con Josefa, y cuando le giraba bien intetaba precisarla, sin éxito, a sitios donde podiesen realizar un encuentro erótico; fracasando mecánica y contínuamente todos y cada uno de sus jueves en seducirla, en esa bandeja de cobre con la que cumplía su trabajo, los carreteó a todos, genios de tiempos diferentes, y, una frase, una sola frase en cada uno de los ejemplares había sido, con una bermeja línea nerviosa, resaltada; y si aquellas maravillosas ideas en esos papeles escritos hubiesen podido ser proporcionales a semejanza de volúmenes de física masa, el peso de las caderas de Santa Lucía mártir, junto a tales, habría sido considerado en menos.

Veamos cómo es curiosa la vida, el mesonero, fallando en todos sus propósitos por un lado, victorioso y campante les sirvió, sin saberlo, de heraldo.

            En la esquinita de la casa de Josefa donde primero se iban dormir las papas del mercado en sacos amarillos, se iniciaron a apilar los volúmenes más diversos y origianles de una hermosura máxima. Todos y cada uno con una frase subrayada en creyón rojo.

           Desde la ventana del quinto piso, ella, en su vaivén de abanico del Japón, conteniendo los gritos, apretando las telas que el pintor usaba para cubrir los cuadros, vio en lontantanza una mujer que caminaba por la calle arrastrando el carrito de las compras como espantada por la lluvía, de la cual no se protegía; leía un libro sin mirar dónde pisaban sus pies, y, por un momento, mientras su amante detrás le producía las más deliciosas violencias, Josefa pensó, débilmente apoyada en el escritorio de los pigmentos, si aquella extraña, aquella loca despreocupada, sumergida fatalmente y engrapada al lomo del ligero volúmen con sus manos de seda, habría meditado, como ella, en los poemas  de Federico García Lorca.





martedì 6 novembre 2012

Fortuna maggiore

Las pasiones que besan a las esferas
son las mismas que rezan rosas y rosetones
en los pisos de las iglesias.
Ella va a comer fresas, a morder fruta dulce.


Junto al cauce del Arno se ha alzaba la falda, su falda,
tan famosa que en el país era llamada “fortuna maggiore”.
Luca, como ladrón llegó a colarse en su “cassa forte”.
Y besaba la crema, y besaba la crema; para sonar un tambor no es necesaria la fuerza.


Los ha encontrado el gendarme, los ha descubierto “in fraganti”.
Pero su madre la defendía, que ella al lavar la vajilla no rompía ni una taza, ni los suelos dejaba sucios
cuando en procesión pasaba la máquina escolar.


Hace tareas, limpia los baños y los domingos va a pregar
a Santa Croce, con mejores lumbres; y nadie sabía, nadie sabía
que adolescente ya marcaba la hora en blandos relojes.

venerdì 2 novembre 2012

A Sorolla

 
Me pregunto
si en la playa
encontraste otro amor
y otra dulce belleza
como tu mujer.


Me pregunto si
el calor, abrasante, un
dí' te hizo mirar las piernas
de una gitana, una maja...


Me pregunto, amigo,
si en tus cartas has confesado
el deseo de los amargos
días en soledad.


Pero nada sabré, pintor.


¿Quién fuiste tú
para hacer volver a Dios
tanta belleza?

Me pregunto si
en los días de calor
pensabas en tu Clota
justo cuando la traicionabas,
de pie y en la playa
al pintar, pintando,
y sobre las olas
el rayo de luz cogías
a pinceladas.



Reclamos


Hagamos pedazos el violín,
hagámoslo añicos...
Que sea, sí, justo antes del alba.

Antes de que la aurora
nos despierte a todos,
y nos enajene de nosotros
mismos.

Aurora, hija del sol
toma el don sacro de este
pesado limpiabotas
que no supo jamás
decir a voces
las notas de una canción.

Aplaudan los músicos,
los metales y las cuerdas
que en Mahler han obtenido
gloria inmortal...

¿Y qué haremos con
las curvas del violín
hecho pedazos?

Danzaremos en torno
como brujas celtas
y sobre tanta dulzura
un enorme fuego.

La luna y sus hijas
han venido a reclamar
y a declamar sus dolores
en re, en do, y en si;

Confundidas se sienten
todavía las estrellas,
pues el primer contacto
ha sido doloroso, y
han hecho estillas
los carbones del violín.

Cuán grave era,
cuán triste, estaba deprimido,
era todo lágrimas, gemidos;
No tenía por qué morir así:
como muere un panadero,
o un chofer de camión,
por una bala perdida
en los cerros de Caracas.

“Lo matamos, porque trasmitía
las quejas de Dios”.

¡Oh, villanos!
Lo habéis reducido a pedazos,
porque no era hijo de los
reyes del Ida, ni
en Valhalla esperaba resurrección;

“Lo matamos, porque pensaba
renacer en la Nueva Jerusalén”.

“Era demasiado dulce,
unto de pecados,
manchado de pecas
rojas, como pelirojas”.

Rojas, como
las pelo malo
de Londres.

¡Oh, violín!
Ten de mí esta flor,
espero que mi Dios
te resucite con los justos
un día.

mercoledì 31 ottobre 2012

Un sentimiento nada original


Deseaba volver, pasar
como pasa la cuchara a
la sopa,
humeando...

Arropa, toda ella, la Noche, sin pedir permiso,
como la nodriza que no pregunta
al niño si tiene frío.

Quise volver atrás
y que el teatro abriese sus telas,
preguntándose si
estaba preparado.

Volver, pues, en el tiempo,
a cambiar
lo que hice mal;
pero para qué volver
si la experiencia me enseñó
que quizás el error hubiese
sido mayor si la ofensa
jamás hubiese abierto
sus mangueras
para mojarlos a todos.


Oh, vida, no sé que quieres
de mí, no sé qué cosa quieres...

¿Para qué volver, si
el error que cometí
me enseñó a verte,
y tu pasión delante de mi
error, te hizo visible
como cuando se abre la ventana
la noche en que 
se quema el bombillo?


Quisiera de todos modos volver
a verte y pensar
que no valía tanto sufrimiento
haberte perdido.




lunedì 29 ottobre 2012

El paraguas

 
 Dijo un loco al otro:

Cuánto extraño
los días donde la
esquizofrenia
imperaba
como reina de las Folías;

Fue bello
estar loco en los cincuentas:
corrías, gritabas;
siento nostalgia
por las camisas de fuerza.

Los locos hablaban
de mundos octultos,
y era artístico ser
un chiflado.

Hoy los psicólogos
amasan la depresión
como la pirámide de las
dolencias mentales.

Y la consideran
respetuosamente.

Antes al menos reíamos,
y se interesaban por nuestros
personajes imaginarios,
y nos daban colores
para pintar capolaboros.

Y su amigo loco le responde:

No sigas, no sigas,
no me hables de
semejantes conceptos.
 
Platón me está dictando
una carta al dios
de sus padres,
y no puedo escucharos
a ambos,
si me habláis al mismo tiempo.

 

domenica 28 ottobre 2012

Samaria



“No beséis los pies, no
toquéis el jumento;
aléjate extraña, aléjate
perra, hija de traidores
que fueron contra Moisés y
contra el Dios”.

Y ella se fue llorando.

“Vete de mi tierra,
y no cojas las frutas del camino
ni las que la ley
promete al extranjero”.

No soportó más 
y corrió para no
 seguir oyendo.

“No comas de noche,
ni que el sol te sorprenda
cerca de nosotros”.

Enloquecida, se marchó
urlando.

“No bebas,
no toques,
y a mi familia
no te acerques,
hija de animales”.

Entonces superó el dolor,
y se hizo insensible
porque no creía más en el hombre.

Pero las estrellas se
alzaron sobre
las palmas, sin mirar
entró ella
caminando
sobre los muertos;

Y lo vio de lejos;
arrodillada ante el hijo de David
le pregó en nombre de su Dios:

“Aún los perros
comen de las migajas que caen
de la mesa de sus amos”

Y el galileo le dijo:

“Mujer, ve en paz,
grande es tu fe”.

Rojo


Cuando me lleves
donde la luz no pueda encontrarme,
bajo tierra mi cráneo coloques,
y me impidas pintar santos
y pecadores,

cuando la luz se apague en mis ojos
y vuelva a Dios el suspiro
que ahora me invita a enviarte
unos cordiales saludos.


Tú me verás en el Juicio
y me llenará de terror tu espectro
y temeré por los pecados ocultos,
que quizás me aumenten un siglo o dos
en el abismo.

La justicia es toda una idea
que reclamamos, pero nadie practica:
un día o dos viviendo bajo un puente
gracias a las obras de un prete
que se llamaba amigo
y se jacta de ser justo
cuando a mentiras se protege;

“También le llegará la muerte”.

¿Qué me dices de los amigos,
los que a puñaladas me han
devuelto a la tierra?

¡Oh, caro Bruto!
Tú también eres una idea
la forma eterna de los injustos,
de aquellos que han traicionado
a sus propios amigos.

“Ellos también morirán”, responde
el espíritu.

¡Nadie te ha preguntado!

El ángel vuela y con su espada
a girar se enoloquece
sobre las jambas de las puertas
del primoroso Edén
descansa y se le escapa
un romano “vaffanculo”.
O bien, el “confutatis
maledictis”
que romantiza el jactar
y el azar
de los ángeles de Dios.

Pero no es así, en angélico se ríen;
ni en latín, ni en vulgar latín,
sino en madrileño salao
con los ojos mandarán el mensaje
cuando se abran los libros,
Minos inicie a medir pecados
y se lleven los primeros al
lago de azufre;
al burlarse dirán primeramente
con la mirada: “jódanse, tíos”.

venerdì 26 ottobre 2012

Querella

De las fresas han hecho armas,
de las rosas arpones de pesca;
en tu celosía te has erguido y como la mujer sabia
que sobre las rocas de Ilión fue herida
y entre las poetesas cantaba:

"¡Una religión de estrellas
en las grutas oscuras y sepultas!".

El rosal ha criado lanzas
abundantes y erectas
como el campo de espinas,
cuyos cuerpos
se deshacen como rojos
pomodoros;

Griegas son las estepas
cuajando los entierros sonoros,
quienes con la ventura de los
santos silentes

entierran las guitarras criollas,
y hacen deshacer el nervio
de sus cuerdas;

Se cargan de fresas los alfiles
en la casa de las tórtolas vegetales,
Mallorca está rodeada
como la iglesia en viernes santo;
hacen llorar a las piedras
y hablar arameo
los adoquines de la calle.

A tomatazos hieren
al modo de Buñol,
los cuernos de fresas
producen por doquier un morto;
no sé cuántos caminos he de recorrer
para que aquellas rosas que en tu jardín crecían
recuperen su olor a fresa
y no me hagan tanto daño.

martedì 23 ottobre 2012

Al mar de Benedetti

"¿Qué es en definitiva el mar?
¿por qué seduce? ¿por qué tienta?
Suele invadirnos como un dogma
y nos obliga a ser orilla".

 Mario Benedetti





Tú, que profundo te haces y te sabes,
con tus cabellos alados y violáceas y líquidas colinas
impetuosa, el amor cometes con el Viento
y vosotros dos, con la Luna,
desenfrenadas orgías;

Tus senos, que contra el sol
sexualmente se muestran,
y tu semen el cual sobre la playa corre
en torvos caballos
producen a carcajadas variedades
infinitas de óvulos y suertes.

Como una suntuosa ley, monarca,
no sigues nuestro error, ni el grado
que podamos, esforzados, entender;
el humano, en su profundo sopor,
hasta en las tardes de su Ciencia,
poseído por sus artes, y sus naves espaciales,
con todo, infantiles nos tratas y como a cachorros.

Aquellos que por ti viajan,
portando sus cascos de guerra, y sus armas
desafían rajando tu piel quebrada en los adentros
moldeadas, argentinas; sabes
que el metal de la oscura música
y lastimosos cantos de aves,
enseñan a cantar, enseñan...

Como un veneno, salvas,
si discreto te tratan y con temor de peligro
te usan; rompes y engañas como una puta...
Exiges respeto, y preñada
de la Tierra nos das los peces.

Amante póstumo,
pulcrum,
hablas todas las lenguas,
eres vida y cementerio;
un vaso que contiene
el alma que pasa
y sobre la espesa corteza
como un dios adornas
pensamientos artísticos.


Para que no te gane la vanagloria
de tu inmensa belleza
ni te gloríes de cobijar tantas naves y muertos,
y tesoros perdidos, y Tizianos, y locos
y justos mónacos...

No seas engreído, ni te vistas,
de lujosas espumas
porque aunque yo no vea el Muro
que tu cauce aleja de mí, Orilla;
no es de obviar, que
por encima del dictámen
de vez en cuando 
pases y hundas ciudades,
y tu frenesí salvaje a tantos 
encierre bajo tierra, y bajo ti;
luego tú entonces no tienes
reposo en tu morada
y llorando te recoges,
dejando a tu paso numerosas
víctimas.

Numerosas, numerosas...

Dios te dio la orden;
y antes de llegar a mí, porque soy Orilla,
te jalas y vacilas;
y a pesar de tu calma y tu violencia
tus olas retroceden,
 ante un Muro que no puedo ver.