Lo que ves a mi alrededor es la sangre de mi nacimiento; el mundo al revés en la incisiva mordida del aire en los pulmones acostumbrados a respirar de otro modo. El hecho de haber nacido de una mujer es determinante, pero no seguiré por mucho tiempo sometido a las dudas de esa extraña manera de existencia.
Cansado de tus miles de formas de frialdad, cansado de esas melodías de baratos contrabajos que emite tu boca hecha una trompeta avergonzante; cansado de esa helada burbuja de tu abdómen, he terminado por salir a una vida que es mucho menos digna. ¿Tengo que volver a mirar ese áspero cadalso de tu boca? ¿Hacia dónde mirarás tú si tengo en mis dedos tu palpitante Averno, ese camino salado lejos de toda virtud y felicidad? Bien me he equivocado de tu risa, que no es más que estupidez. De la luz de tus ojos, que no es más que el reflejo de los míos; tus ojos un par de espejos que no revelan nada de ti misma.
Mujer, que pensaste tener algo más de mí que la vida; qué lejos has venido a errar.
Por fotuna, hombre fui antes de haberme quitado la respiración.
Privarse de la vida no es otra cosa que pura ciencia socrática; y esto no es algo de lo cual los poetas renieguen demasiado en los días inconclusos y generalizados de esta época dorada de la senectud de todos los espíritus.
Más adelante vi un camino negro, donde el agua chapoteaba cayendo en chispas hirvientes y un montón de extraños caían a gritos rascándose las quemadas cuya longitud no borrará los beneficios de la eternidad. Seguí a pie por la calzada de roca, y los árboles negros emanaban un aroma nauseabundo provocando arqueadas mientras mi voluntad sostenía la nada de mi estómago de aire.
Mujer, ¿dónde te encuentras? Sácame de mi error y de mi filosofía, pues tu amor ha venido a condenarme; tu amor ha venido a juzgarme. Tu sencillo amor, tu gran cariño que he considerado toda mi infancia; esos pocos años que he padecido y que observé en el mundo de los vivos. Te he calificado, por haber sido hermosa; y en mi locura te he gritado la verdad en la cara: ¿Por qué eres tan santa?
He salido pensando en tu cabello oscuro y en tu manera de mirarme; los árboles jamás dejarán que termine de concebir tu hermosura en este lugar. ¡Pero te he dicho cosas horribles porque eres todo lo contrario! El antónimo de mis aseveraciones, eres.
Déjame volver a tu mundo y a tu esfera, y recibiré de nuevo un aire extraño y menos viciado que éste; aquí lo lúgubre nos hace hermanos, y la vaciada leche de sangre negra nos acompaña mientras miles de ojos escudriñan lo que no poseen.
Mi sangre corre por el suelo, llega pronto a salvarme y devuélveme la vida.
Enseguida una mano se apretó a mi muñeca; mi cuerpo inherte se elevó en unos brazos débiles y un perfume conocido. Me llevaron al hospital, y antes de darme cuenta de lo ocurrido, de lo que había intentado hacerme y de mi fracaso, vi aquellos ojos que juzgué vacíos y reconocí tu alma que no era un espejo sino un ente sensible en la contemplación.
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venerdì 8 aprile 2011
mercoledì 16 marzo 2011
La antigua figura del elefante
La Dama es una criatura hermosa, siempre lo he dicho.
Su piel, sus ojos, hacen que Alejandro abandone a los macedonios para siempre y entregue su imperio rogando y jurando nunca volver a las armas. Sus manos y sus besos, pretenden la decapitación de Cerbero y la inclusión voluntaria a la barca del Caronte de Alighieri.
Yo mismo me considero perdido.
En mis años de gloria estuve a la derecha del Rey. Su majestad y yo conquistamos muchas coronas, y siempre logramos alcanzar victoriosamente nuestras metas. Pero desde que me sometí a ella, la Dama me ha hecho semejante a los peones. Y ha debilitado mi espíritu y mi voluntad.
Antes yo poseía una corona hermosa, blanca como mi gente, con una gema redonda en la punta. Y alcanzaba enemigos lejanos en mi trayectoria inclinada, así estuviera en el extremo mismo del mundo. Puse en peligro a muchos, y soldados extraños de zarcillos de oro en las narices y pies descalzos, cayeron como polvo de trigo ante mi dominio.
Vencimos siempre, adivinamos el mal, nos llamaron eruditos y genios; pero ahora somos como harina que se esparce... y anhelamos el regreso a la gloria de donde vinimos.
Cantamos canciones del reino, siendo cautivos, para luego echarnos a llorar. Y nuestro llanto fue sentido y largo, hondo como el abismo de los mares y negro como la claridad subterránea.
Anhelamos volver a ver, y ser hombres dignos y firmes. Regresar de las lágrimas como los bravos caballos de batalla... a la legión de los alfiles.
Aunque nuestra hermosa Dama haya avanzado para darnos el jaque personal al corazón.
La gloria del hombre es limpia y lejana, muy exacta a la sombra de aquel que le formó:
La mano invisible que nos mueve como piezas.
Aquel que mira la Perfección con celosía, como si fuese nada, por encima de su hombro.
Su piel, sus ojos, hacen que Alejandro abandone a los macedonios para siempre y entregue su imperio rogando y jurando nunca volver a las armas. Sus manos y sus besos, pretenden la decapitación de Cerbero y la inclusión voluntaria a la barca del Caronte de Alighieri.
Yo mismo me considero perdido.
En mis años de gloria estuve a la derecha del Rey. Su majestad y yo conquistamos muchas coronas, y siempre logramos alcanzar victoriosamente nuestras metas. Pero desde que me sometí a ella, la Dama me ha hecho semejante a los peones. Y ha debilitado mi espíritu y mi voluntad.
Antes yo poseía una corona hermosa, blanca como mi gente, con una gema redonda en la punta. Y alcanzaba enemigos lejanos en mi trayectoria inclinada, así estuviera en el extremo mismo del mundo. Puse en peligro a muchos, y soldados extraños de zarcillos de oro en las narices y pies descalzos, cayeron como polvo de trigo ante mi dominio.
Vencimos siempre, adivinamos el mal, nos llamaron eruditos y genios; pero ahora somos como harina que se esparce... y anhelamos el regreso a la gloria de donde vinimos.
Cantamos canciones del reino, siendo cautivos, para luego echarnos a llorar. Y nuestro llanto fue sentido y largo, hondo como el abismo de los mares y negro como la claridad subterránea.
Anhelamos volver a ver, y ser hombres dignos y firmes. Regresar de las lágrimas como los bravos caballos de batalla... a la legión de los alfiles.
Aunque nuestra hermosa Dama haya avanzado para darnos el jaque personal al corazón.
La gloria del hombre es limpia y lejana, muy exacta a la sombra de aquel que le formó:
La mano invisible que nos mueve como piezas.
Aquel que mira la Perfección con celosía, como si fuese nada, por encima de su hombro.
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